domingo, 30 de enero de 2011

Hablan de Texturas del miedo...

Un mes después de la presentación de Texturas del miedo, comienzan a aparecer las primeras reseñas.

En este caso, obra del escritor y, por qué no decirlo, amigo, Ignacio Becerril, quien ofició de presentador en la puesta de largo de la antología, y que, una vez más, vuelve a sacarme los colores con esta preciosa reseña, publicada originalmente en OcioZero, y que podéis leer pinchando aquí.

Se trata de un texto global que no se detiene en cada relato, y que aun así sabe captar la esencia de todos los cuentos, o más bien esa intangible unidad que los vertebra, y que tiene que ver directamente con mi estilo e inquietudes como escritor. Lo cierto es que Nachob ha sabido ver lo más importante de mi libro, y por ello estoy más que agradecido y satisfecho.

Por otro lado, en el foro de literatura de la misma página web, y a raíz de los primeros lectores que ya han empezado a leer la antología, ha surgido un hilo de comentarios que va destripando uno a uno los relatos, y que podéis seguir pinchando en este enlace. Obviamente, son opiniones subjetivas de los primeros lectores, aunque de momento estoy saliendo mejor parado de lo que esperaba, con algún que otro apunte que perdurará por mucho tiempo en la memoria.

No se me ocurre mejor lugar donde comenzar a compartir pareceres o debatir sobre los distintos cuentos que componen el volumen. Eso sí, ¡absteneos aquellos que aún no hayáis comenzado a leer!

viernes, 21 de enero de 2011

Calvaire, o la homosexualidad entendida a lo belga.

Hay tres cosas que funcionan por encima de todo en Calvaire, esta mezcla de thriller rural y "survival movie" belga. Y estas son: la atmósfera que envuelve la cinta de principio a fin, esa sensación de violencia inminente y sexualidad contenida, a la que ayuda sobremanera una dirección por encima de la media; la segunda es la locura del pueblo como metáfora del paroxismo o exaltación sin límites de una extraña pasión, que provoca en el espectador la sensación justa de irrealidad como para no tomársela en serio; y la tercera es precisamente la boya de realismo en mitad del océano de locura, interpretado con una homosexualidad inherente y una cobardía explícita por el actor protagonista de la cinta, que hace que volvamos a tomárnosla lo suficiéntemente en serio como para pasarlo realmente mal. Y todo esto, como les gusta decir a los progres del género de terror: sin efectismos ni vísceras de por medio.
Sea como fuere, el gran acierto de la cinta es el impacto que provoca ese comportamiento absolutamente enloquecido del protagonista secuestrado y confundido con la mujer del loco de la posada. A muchos les confundirá, pues estarán acostumbrados a que el que sufre acabe siendo el héroe y se enfrente al sinsentido de la locura de su torturador, convirtiéndose indefectiblemente en un animal y tan asesino como el propio malo de la peli. Pero eso no siempre es así. De hecho, en la cruda cáscara de esta superficie que llamamos realidad, habría más casos de este ejemplo que del otro, tan machacado por los estúpidos survivals americanos y copiado por todos los demás países.

Ojo, puede contener spoilers

Aquí, en Bélgica, quizás porque entiendan el horror como los Dardénne entendían el drama, se olvidan de heroísmos y nos presentan a un individuo acobardado, tembloroso, llorón, que no es capaz de enfrentarse debidamente a sus captores, que ni siquiera crea conflicto cuando empieza a descubrir algunas cosillas extrañas del posadero, y que finalmente, alienado por el horror, sodomizado no tanto en su culo como en su orgullo, le dice al loco (a uno de ellos, el que le persigue hasta el final) que le ama, tal y como este le pide, aunque en ese último instante se encuentre indefenso en los manglares y las arenas movedizas permitan la escapada del antihéroe de la cinta. Se lo dice porque no puede dejar de verse como su putita, porque el miedo le hace volverse, darse la vuelta literalmente y decírselo al oído. Como un conjuro para que no le pase nada más, como anteriormente le cantaba al posadero mientras se ahogaba en su propia sangre. No coge la escopeta y le pega un tiro como hubiéramos querido. Esto es real como una jodida patada donde más duele. Y es así cuando a uno no le queda ni una gota de dignidad. Escapa andando porque nunca cree que pueda llegar a escapar, porque le pesan las piernas de puro miedo. Si a todo esto le sumamos una absurda trama de amores y deseos: desde la vieja del principio, pasando por la enfermerita sexy que le deja fotos semidesnuda en el sobre del dinero, hasta el loco de la posada que le convierte en su mujer; y constatamos que con las mujeres se siente incómodo y con los hombres acaba sometido a sus deseos, encontraremos una crítica mordaz a la opresión de la homosexualidad, como de alguna extraña manera ya sucedía en la Alta Tensión de Aja. El comportamiento sexual desviado y agresivo de los paletos de turno queda grandiosamente esbozado en la lyncheana escena del baile en el bar, y como colofón a la locura que rodea la escapada final, tenemos una sublime banda sonora a base de chillidos de jabalí que hará las delicias de los más desquiciados amantes del terror.
La cámara de Du Welz alcanza el virtuosismo en algunas tomas, nos somete a su juego de locura y esclavitud visual, cerrando el film con la misma incertidumbre que nos crean esos planos del atardecer en el bosque. Aún así, la película posee bastantes lacras que la debilitan e impiden que entremos de lleno en ella. Tiene más atmósfera que la película de Aja, pero mucha menos intensidad, y a la postre resulta tan increíble como esta, aunque no necesite de giros de guión para ello. Sin embargo, no deja de ser una pequeña joya, sin demasiadas pretensiones, que cumple a la perfección el objetivo de otras que fueron anunciadas a bombo y platillo (como Wolf Creek) y jamás consiguieron llegar a donde llega Calvaire. Y además, nos descubre un talento en la dirección a tener en cuenta para el futuro.

lunes, 17 de enero de 2011

Reseña de "Un año de palabras", de Ignacio Becerril Polo (Parte 1 de 2)

Si algo envidio de este autor, es, sin lugar a dudas, la "juventud" con la que escribe. Nachob es un autor que vive en continua persecución de un rayo de luna, de ese final perfecto, y que aún no ha cejado en su empeño de retorcer cada historia como si no hubiera mañana. Más que disfrutar escribiendo, parece que le doliera dejar de escribir. Capaz de desenvolverse en cualquiera de los géneros que conozco: fantasía épica, ciencia-ficción, terror, género policiaco..., Nachob nos regaló esta antología como experiencia vital de su primer año volcado al arte de contar historias. Y yo, que he tenido el placer de conocerlo y compartir con él experiencias, obsesiones e historias, he descubierto que todas las apreciaciones iniciales que tenía sobre su categoría como narrador, se han potenciado sobremanera tras leer la primera parte de su antología.
Como es un libro extenso y con enjundia, he decidido dividir la reseña en dos partes. Esta primera es la de los cuentos, doce relatos que en realidad son dieciseis, y que ahora paso a destripar:

Se le oía cantar: a pesar de que Ignacio Becerril es uno de esos autores que insisten en que un escritor se hace a sí mismo y mejora con los años, la constancia y las páginas escritas, este relato es la mejor muestra para entender que, además, un escritor tiene algo innato, algo inherente a su naturaleza, que se podrá perfeccionar, pero que innegablemente habrá de estar ahí, como el germen de todo. Nos encontramos por primera vez con esa capacidad prodigiosa para narrar y sorprender, con esa habilidad para trenzar ideas y exponerlas como un mago. O un prestidigitador, más bien. Porque la información aparece y se nos oculta a voluntad; el autor nos maneja e incluso llega a sermonearnos veladamente. A nosotros, a la raza humana. Nos habla de la necesidad de tener héroes, pero también de sufrir villanos. Nos habla, al fin y al cabo, de que la dualidad entre el bien y el mal no nace de las estrellas, sino del propio hombre. Y lo hace con una sencillez, con una melancolía y un buen gusto, que no sólo nos obliga a enfrentarnos a ello como meros lectores, sino también como personas.

El Tirano: hablar de este relato supondría horas, cientos de páginas y de cafés. Porque este relato lo contiene todo. Dividido en tres capítulos, mientras leía el primero pensaba que le estaba viendo los engranajes a la trama, que todo era un videojuego, que el cliché virtual era evidente. No me equivoqué. Y sin embargo, el autor lo lleva más allá, mucho más allá, hasta el punto de adaptar la evolución al hombre, y no el hombre a la evolución. Las maquinitas acaban siendo Dios, y sus videojuegos se diseñan en base a la teoría de cuerdas. Tiene, a mi parecer, dos fallos importantes: uno es la extensión, excesiva; y el otro es su carácter meramente expositivo. Desde luego, son errores que todos necesitamos cometer cuando empezamos a escribir, pero el potencial latente de sus ideas es tal que se le perdona cualquier cosa.

El encuentro: este relato me parece un prodigio de la descripción. El estilo expositivo de Nachob queda perfectamente definido en unas pocas páginas, en las que creemos conocer realmente a ese personaje. Si bien el efecto final resulta precipitado y la idea sorpresiva esté ya demasiado manida, me quedo con esa habilidad para describir, huyendo del lirismo, pero sabiendo utilizar las palabras adecuadas.

No hay prisa: siempre he dicho que Nachob es uno de los escritores con más y mejores ideas de todos nosotros. Quien lea este relato tendrá que darme la razón. El autor nos recuerda que siempre se puede dar una vuelta de tuerca más, que se puede condensar una historia compleja en apenas unas páginas. Sus carencias son las de siempre en estos comienzos: aunque intenta acercarse al dinamismo a través de un monólogo, la acción suele limitarse a lo que nos cuenta el narrador. Pero la premisa inicial y el giro final son de escritor con fondo de armario, de imaginación incontenible. El resultado es más que satisfactorio, creando un cuento de los que inspiran, de los que invitan a escribir.

Dios es un cruel amante: a pesar de ser un relato escrito para castigarnos, para que nos regocijemos emocionalmente en su premeditada crudeza, también refleja algo que el autor no puede ocultar: un genuino instinto de protección, un miedo paternal latente y de alguna forma pesadillesco. Por eso mismo, y a pesar de que no nos lo queramos creer en toda su dureza, es inevitable sentir un escalofrío al llegar a la redención final.

Reflejos en un espejo cóncavo: relato de terror más clásico, heredero directo del horror lovecraftiano. Quizá sea uno de los primeros cuentos del autor en esa vertiente más sangrienta y macabra que tanto me gusta, preocupada por desasosegar antes que por buscar un significado más profundo a lo que nos relata. Aquí no hay concesiones, y después de la sorpresa final, Nachob lo finiquita con un capítulo brutal que nada tiene que envidiar a la prosa del de Providence.

El odio: el horror de la costumbre, el de las ilusiones rotas. Nachob nos habla aquí del odio que engendra el amor, del choque de personalidades y la imposibilidad del ser humano para entenderse. Logra algo complicado, que es mostrarnos dos verdades distintas, y una tercera que ejerce de testigo forzoso. El final es tan extraño como enigmático, y deja un poso amargo del que difícilmente te puedes desprender.

Ratas: historia de policías corruptos y venganzas. Nachob, en su afán por encontrar el final perfecto, refuerza el carácter moralista y de sueño de los justos que transmite este relato, consiguiendo así una mayor empatía instantánea con el lector en detrimento de una ambivalencia que huya de lo maniqueo. Mención aparte merece la estructura de este y de muchos otros de sus relatos, separados en fragmentos que alteran la linealidad, todo ello enfocado a un único objetivo: sorprender e impactar en la traca final. Aquí, sin duda, lo consigue.

Donde anidan los mirlos: es en los relatos épicos donde Nachob me deja sin palabras. Posiblemente este relato sea mi favorito de la antología. Y no por novedoso, pues en él se funden muchas de sus características comunes: introspección expositiva, final sorpresivo, brutalidad, narración si fisuras, héroe derrotado, mártir inocente…, pero, sin embargo, la fusión de todos estos elementos en el contexto en que se nos plantea, convierten el cuento en una joya, casi como una bella canción que no te puedes sacar de encima. Juega con la melancolía, la rabia y el honor. Nos hace reflexionar sobre estos conceptos. Pero nos deja sin palabras para hacerlo. Hay magia entre sus líneas.

Un segundo, una vida: radiografía psicoanalítica que constituye el cuento de terror más desapasionado de la antología. Da escalofríos intuir el escalpelo con el que Nachob disecciona los sentimientos, casi como si fueran órganos atrofiados. El relato está escrito desde el cerebro, pero ataca a la víscera. En esta ocasión, el estilo expositivo aporta una frialdad que se ajusta al objetivo del cuento, una telaraña de intereses estoicos que desemboca, inevitablemente, en tragedia.

De máquinas y hombres:

    As time goes by (el dolor no es bueno): sorprendente relato asimoviano que retrata la búsqueda de humanidad en un mundo deshumanizado (y lleno de detalles de escenario), ya sea en los hombres como en las máquinas. Nachob nos pone en la piel de un policía, uno de sus personajes favoritos, para hablar sobre eso que ya nos hablaba Kubrick en su 2001: ¿dónde reside nuestra humanidad esencial?, ¿es más humano quien nace humano o quien se comporta como humano? Interesante y, para no variar, con un final sorprendente.

    La mala hierba: brutal fábula de ciencia-ficción, que funde en sus pocas páginas los conceptos de religión, humanidad, naturaleza y tecnología de tal forma que parece fácil hacerlo. Y sin embargo, he de dar fe de que eso está al alcance de muy pocos. A pesar de tratar un tema recurrente, este es otro de mis relatos favoritos. El final es, sencillamente, escalofriante.

    Una decisión lógica: se nos plantea el nudo definitivo, la batalla inminente, y asistimos a la mutación mientras el mundo intenta amoldarse a la nueva realidad. Y al final, el paradigma nachobiano: nada de lo que has pensado ocurre, lo que sucede es justo eso que no habías tenido en cuenta. Y acabas dándole la razón, porque es del todo probable.

    Mundo humano (almas de metal): este relato tiene una lograda atmósfera descriptiva del horror, de la aberración de la carne rota. Y lo que más me gusta es que acaba siendo exquisitamente prosaico a pesar de sus premisas metafísicas y religiosas sobre la contaminación a la que la razón somete al alma.

    Evolución: Nachob encuentra en esta narración su relato perfecto, pues necesita de la exposición para hacerse realidad. Es una orgía de ideas trascendentales y genuino carácter lúdico. Como un ciclón, una fuga musical. Creo que me encanta. Por sus ideas y por su vehemencia. Por esa incapacidad de poder evolucionar sin dejar de ser lo mismo que ya somos.

Cómo decirle que le quiero: delante de este relato sólo puedo sentirme un mero espectador que acaba confirmando sus sospechas: Nachob es, por encima de todo, un romántico sin remedio. Alguien enamorado de la posibilidad de transmitir, sabedor del poder que tienen las palabras. Y aquí escribe sabiéndolo y haciéndonoslo saber. Escribe feliz y enamorado. Y eso se nota.

viernes, 7 de enero de 2011

Mi primera novela

Siento que hoy he dado el paso más importante de mi vida como escritor, puesto que hoy he acabado el borrador de mi primera novela.
Las iniciales de su título son E.O.C. (no es que tenga miedo de que alguien me vaya a plagiar el título, es más bien que me gusta hacerme el interesante), y recién parida, quiero pensar que es lo mejor que he escrito...

...Aunque bien podría ser que no, que sea un absoluto fracaso, que no guste a nadie. Inseguridades de padre primerizo, supongo. En estas longitudes pierdo la perspectiva. Por lo pronto, las dos personas que se lo han leído me aseguran que funciona, y que engancha, algo que desconocía que fuera capaz de hacer.

Es una novela corta, poco más de 56.000 palabras (180 páginas, aproximadamente), y aunque es difícil esbozar una sinopsis sin desvelar nada, creo que puedo hablar de referencias, de a qué se le parece, y sobre todo, afirmar lo que no es.

No es terror, de eso estoy seguro. Y se parece mucho, creo que sin haberlo buscado, al Stephen King de Un saco de huesos y La historia de Lisey. Aunque mi referencia principal cuando la comencé a escribir era la película (sí, el cine una vez más...) El marido de la peluquera, del señor Laconte. De hecho, puede definirse como un drama erótico aderezado con fantasía y un poco de pulp. Una mezcla extraña que, sin embargo, no deja de ser lo de siempre: metaliteratura, amor roto, violenta melancolía.

Sin duda, es lo más complicado que he escrito jamás, al menos en cuanto a convergencia de hilos argumentales y desarrollo de personajes. He tardado cuatro meses intensivos en escribir la mayor parte, pues la tenía abandonada desde hacía más de un año, y que haya sido capaz de acabarla se lo debo en gran parte al empujón anímico que supuso la reciente publicación de mi antología Texturas del miedo.

Ahora es el momento de reposar, corregir y pedir nuevas opiniones. Más tarde, quizá, llegará el momento de probar suerte. Por lo pronto, hoy me siento un poco más cerca de ser lo que quiero ser.