Cuando se acaba una novela, uno siente que ha hecho lo correcto, que se acaba de inmortalizar en un pedacito más de ficción, y que deja constancia de su deseo vital de transcender, al menos hasta ese punto y final.
Más allá de la humilde y virtual deposición de sus anhelos, engarzada en palabras y sentimientos personales, no queda otra cosa que el afán por sentirse incompleto durante el proceso de creación, o el miedo a no llegar nunca a acabarla.
Pero una vez se coloca ese último punto, todo lo demás es residual, propio del oficio y como tal prosaico, prescindible y bruto.
Correcciones, opiniones y un hatillo para conocer mundo más allá de la pantalla de su ordenador.
Y finalmente, la espera, el tiempo lento y perezoso.
Pero por hoy, ya he dicho todo lo que tenía que decir, y esta vez parece que he contado más de lo que tenía pensado contar.
Sin duda, no es equiparable a la dimensión emocional de El Osito Cochambre, pero supone un punto de madurez en mi carrera y una incontestable superación personal a la prueba de escribir sin recurrir a la fantasía.
En Nudos de Cereza todo parece más probable, aunque puede que sea igual de irreal.
Y es la segunda novela que acabo en este 2011, lo que no sé si significará algo, pero desde luego despertaría la incredulidad de mi propio yo de hace poco más de un año.
Sea como fuere, la suerte está echada, pues la magia acabó aquí, tal día como hoy, enfermo de elecciones, mientras se cierne sobre nuestras cabezas un futuro tan incierto como el que nos amenazaba hasta ahora.
Tengamos todos un buen y lluvioso día.
